La Palabra para todos

¿Qué piensa Dios de
juzgar y criticar a los demás?

Hay una opinión lista para todo: el vecino que puso mal el coche, el compañero que no trabaja suficiente, el familiar que tomó esa decisión tan equivocada. A veces esas opiniones se quedan en la cabeza; otras veces salen por la boca, en un comentario que parece razonable pero que en el fondo condena a otra persona sin conocer toda su historia.

La respuesta corta de Dios es: juzgar el corazón de otra persona es un territorio que solo le pertenece a Él. Dios no prohíbe que usemos el discernimiento ni que nombremos el mal, pero sí nos advierte con fuerza contra la actitud de colocarnos por encima del prójimo para sentenciarlo desde nuestra propia imperfección.

La Biblia aborda este tema desde tres ángulos que vale la pena examinar: primero, el llamado de Jesús a mirarnos antes de mirar a otros; segundo, el recordatorio de Pablo de que todos rendiremos cuentas ante Dios; y tercero, la advertencia de Santiago de que criticar al hermano es usurpar el lugar del único Legislador.

1

Antes de señalar la mota ajena, saca la viga propia

Mateo 7:1-5 (RV09)

"No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán á medir. Y ¿por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu ojo? O ¿cómo dirás á tu hermano: Espera, echaré de tu ojo la mota, y he aquí la viga en tu ojo? ¡Hipócrita! echa primero la viga de tu ojo, y entonces mirarás en echar la mota del ojo de tu hermano."

💡 En un español actual

Jesús dice que la misma severidad con la que juzgas a alguien será la vara con la que tú serás medido. Si te enfocas en el pequeño defecto del otro mientras ignoras algo mucho más grande en ti, eres un hipócrita. Primero atiende lo tuyo; solo después podrás ayudar al otro con claridad.

La imagen de la mota y la viga es casi cómica a propósito: Jesús quiere que nos veamos ridículos cuando pretendemos operar el ojo ajeno con una tabla clavada en el propio. No se trata de que nunca señalemos nada malo, sino de que la crítica que sale de corazón no examinado es ciega y arrogante por definición.

Aplicar este principio en la vida cotidiana significa hacer una pausa antes de emitir un veredicto sobre alguien: ¿hay en mí algo semejante a lo que estoy condenando? Esa pausa no silencia toda corrección, pero sí cambia su tono, de sentencia altanera a conversación humilde entre personas que saben que ambas necesitan gracia.

2

Cada uno comparecerá ante Dios por sí mismo, no por los demás

Romanos 14:10-13 (RV09)

"Mas tú ¿por qué juzgas á tu hermano? ó tú también, ¿por qué menosprecias á tu hermano? Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que á mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará á Dios. De manera que, cada uno de nosotros dará á Dios razón de sí. Así que, no juzguemos más los unos de los otros: antes bien juzgad de no poner tropiezo ó escándalo al hermano."

💡 En un español actual

Pablo pregunta: ¿por qué dedicas energía a juzgar a tu hermano cuando tú también tendrás que rendir cuentas? Ante Dios cada persona responde por su propia vida, no por la vida del vecino. Entonces, en lugar de juzgar, preocúpate de no ser tú quien ponga un obstáculo en el camino del otro.

Pablo escribe esto en el contexto de disputas entre creyentes sobre prácticas que algunos consideraban permitidas y otros no. La tentación era juzgar la fe del otro por sus hábitos externos. La respuesta del apóstol es radical: el tribunal definitivo le pertenece solo a Dios, y delante de ese tribunal todos estamos en la misma posición de necesitar misericordia.

Esto libera de una carga enorme: no somos el departamento de control de calidad espiritual de nadie. Podemos concentrar la atención en vivir con integridad delante de Dios y en no hacer más difícil el camino del prójimo, en vez de gastar tiempo catalogando sus fallas.

3

Criticar al hermano es usurpar el lugar del único Legislador

Santiago 4:11-12 (RV09)

"Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano, y juzga á su hermano, este tal murmura de la ley, y juzga á la ley; pero si tú juzgas á la ley, no eres guardador de la ley, sino juez. Uno es el dador de la ley, que puede salvar y perder: ¿quién eres tú que juzgas á otro?"

💡 En un español actual

Cuando te colocas como juez permanente de tu hermano, en realidad estás diciéndole a la ley de Dios que tú eres superior a ella. Hay uno solo que tiene la autoridad completa para juzgar y para salvar: Dios. Frente a eso, la pregunta que te hace Santiago es muy directa: ¿y tú quién eres?

Santiago conecta la murmuración habitual con una actitud más profunda: quien juzga constantemente al prójimo termina posicionándose sobre la ley misma, porque actúa como si tuviera la autoridad de decidir qué es y qué no es aceptable ante Dios. Es una forma sutil de orgullo que se disfraza de rectitud moral.

La pregunta final de Santiago —"¿quién eres tú?"— no es un insulto, es una invitación a recuperar el lugar que nos corresponde: criaturas dependientes de la misericordia del mismo Dios al que le rendiremos cuentas. Desde esa perspectiva, la crítica mordaz pierde su atractivo y la compasión comienza a tener más sentido.

Una oración para cuando siento el impulso de juzgar

Si hay en ti un juicio que quiere salir, llévalo primero a Dios.

"Señor, confieso que hay momentos en que mi corazón se convierte en tribunal: analizo, categorizo y sentencio a las personas que me rodean con una rapidez que me asusta. Sé que muchas veces lo hago sin conocer toda la historia, y que detrás de esa crítica hay también un miedo a ser yo quien sea señalado.

Muéstrame las vigas en mis ojos. Hazme ver con honestidad las áreas de mi vida que me resultan cómodas ignorar mientras me enfoco en los defectos ajenos. Que ese ejercicio me ablande, no me paralice, porque tú no me llamas a la parálisis sino a la humildad activa.

Guarda mi boca de los comentarios que destruyen en vez de construir. Cuando vea algo que de verdad necesita ser señalado, dame la valentía de hacerlo de frente y con amor, no de hablar a espaldas de quien no puede defenderse. Dame discernimiento sin arrogancia, claridad sin dureza.

Recuérdame cada día que tú eres el único Juez, y que frente a tu trono yo también necesito misericordia. Que esa conciencia me haga más paciente con las imperfecciones de los demás, de la misma manera que confío en que tú eres paciente con las mías. En el nombre de Jesús, Amén."