La Palabra para todos
¿Qué piensa Dios de
la ira y el enojo?
A todos nos ha pasado. El tráfico pesado, una injusticia en el trabajo, una discusión familiar o simplemente el agotamiento acumulado nos hacen estallar. La sangre nos hierve, decimos cosas de las que luego nos arrepentimos y nos quedamos con una sensación de culpa.
Si alguna vez te has preguntado si Dios te rechaza por sentir tanto enojo, la respuesta corta es: No. Dios no te condena por sentir ira, pero sí le importa mucho lo que haces con ella.
La Biblia aborda el enojo de una manera muy realista. No nos pide que seamos robots sin sentimientos, sino que aprendamos a gestionar esa emoción. Aquí te compartimos tres principios fundamentales sobre lo que Dios piensa de la ira:
Sentir enojo no es pecado, dejar que te controle sí
Efesios 4:26-27 (RV09)
"Airaos, y no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo; Ni deis lugar al diablo."
💡 En un español actual
Puedes sentir enojo, pero no permitas que eso te lleve a hacer cosas malas. Resuelve tu molestia antes de irte a dormir, para que el resentimiento no le abra puertas al mal en tu vida.
A menudo pensamos que un buen cristiano nunca se enoja, pero eso es falso. El enojo es como la luz de advertencia en el tablero de un auto: nos indica que algo anda mal, que se cruzó un límite o que hay una injusticia. El problema no es la luz, es dejar el auto acelerado hasta estrellarlo.
Dios nos da permiso de sentir indignación, pero nos pone una regla de oro: resuélvelo rápido. Guardar el enojo por días lo convierte en resentimiento, y un corazón resentido es el terreno perfecto para destruir relaciones.
Tu enojo no produce justicia
Santiago 1:19-20 (RV09)
"Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oir, tardío para hablar, tardío para airarse: Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios."
💡 En un español actual
Acostúmbrate a escuchar mucho, hablar poco y no enojarte rápido. Porque cuando actuamos impulsados por el enojo, terminamos siendo injustos y no hacemos las cosas como a Dios le agradan.
Cuando estamos furiosos, sentimos que tenemos toda la razón. Creemos que nuestro enojo está justificado y que nos da derecho a gritar, castigar o humillar a quien nos ofendió. Sin embargo, Dios nos baja de ese pedestal.
Actuar impulsados por la ira casi siempre nos hace lastimar a otros, exagerar las cosas y ser injustos. Dios nos invita a hacer una pausa, respirar y recordar que el fuego no se apaga con más fuego.
La verdadera fuerza está en el dominio propio
Proverbios 16:32 (RV09)
"Mejor es el que tarde se aira que el fuerte; Y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad."
💡 En un español actual
Vale más ser una persona paciente que un guerrero poderoso. Tiene mucho más mérito saber dominar tu propio carácter que lograr conquistar una ciudad entera.
La sociedad actual nos vende la idea de que la persona fuerte es la que grita más alto, la que se "hace respetar" a la fuerza o la que tiene la última palabra. Para Dios, la fuerza se mide de manera muy distinta.
Controlar nuestro propio carácter requiere mucha más valentía y madurez que ganar una discusión. Dios ve como un verdadero héroe a aquel que tiene el poder para destruir a alguien con sus palabras, pero elige callar y responder con gracia.
Una oración para los momentos de ira
Si sientes que el enojo te domina con facilidad, no tienes que luchar sin ayuda. Puedes hacer esta oración cuando sientas que estás a punto de perder el control, o al comenzar tu día:
"Señor, hoy vengo a entregarte mi carácter. Tú me conoces perfectamente y sabes qué cosas me frustran y me hacen perder la paciencia.
Te pido perdón por las veces que he lastimado a otros impulsado por mi enojo, pensando que tenía la razón. Ayúdame a ser pronto para oír, tardío para hablar y tardío para airarme.
Espíritu Santo, te pido que en los momentos de tensión me des dominio propio. Pon un freno en mi boca antes de que diga palabras hirientes. Cambia mi corazón reactivo por un corazón pacífico, y ayúdame a perdonar rápido para no darle lugar al resentimiento. Enséñame a ver a los demás con la misma gracia y paciencia con la que Tú me ves a mí.
En el nombre de Jesús, Amén."